La congregación que se levantó dos veces
El pastor Ramón Iribe lleva veintisiete años en Comanito, una comunidad de mil doscientos habitantes. Reconstruyó el templo después de la inundación de 2013 y sostiene que el ministerio rural exige una paciencia que la ciudad no enseña.
- Entrevistado
- Pbro. Ramón Iribe Castro
- Congregación
- Congregación Comanito
- Ciudad
- Navolato, Sinaloa
- En el ministerio
- 27 años
El llamado y los inicios
¿Cómo fue su encuentro personal con Dios y en qué momento tuvo la certeza de que Él lo llamaba al ministerio pastoral?
A mí me alcanzó el evangelio a los treinta y un años, ya casado y con dos hijos. Yo era chofer de camión de carga y tomaba mucho.
Mi conversión no tuvo nada de espectacular. Un compañero de trabajo me invitó a su casa a comer y ahí estaban orando. Me quedé por educación. Volví al domingo siguiente porque quería entender qué tenían esos señores que yo no tenía. Tardé cuatro meses en aceptar al Señor y otros nueve años en aceptar el llamado. Yo le decía a Dios que se había equivocado de persona.
Tardé cuatro meses en aceptar al Señor y otros nueve años en aceptar el llamado. Le decía a Dios que se había equivocado de persona.
Pensando en sus primeros años en la obra, ¿cuál fue el mayor desafío que enfrentó al asumir su pastorado y cómo vio la mano de Dios allí?
La inundación de septiembre de 2013. El agua llegó al metro y medio dentro del templo. Perdimos las bancas, el instrumental, el archivo de la congregación, todo.
Lo más duro no fue el edificio. Fue que dieciocho familias de la congregación perdieron sus casas al mismo tiempo. Yo tenía que consolar a gente que había perdido más que yo, y sin templo dónde reunirlos. Nos juntamos siete meses bajo un tejaván prestado. Cuando reinauguramos, en 2014, éramos más que antes de la inundación. Nunca he sabido explicar eso con palabras de administración.
Nos juntamos siete meses bajo un tejaván prestado. Cuando reinauguramos éramos más que antes de la inundación.
¿Quiénes fueron sus principales mentores o las personas que más marcaron su formación dentro de la IAFCJ?
El hermano que me invitó a comer, Aurelio Bojórquez, que ni siquiera era ministro. Era ejidatario. Él me discipuló durante tres años sin llamarle discipulado a eso.
Ya en la obra, el pastor Herminio Salazar, que supervisaba la zona. Él me enseñó a llevar las cuentas de la congregación con claridad. Decía que un pastor que no rinde cuentas del dinero tarde o temprano deja de rendir cuentas de otras cosas.
Vida ministerial y liderazgo
¿Cuál ha sido la experiencia más gratificante que ha vivido liderando una congregación?
Ver a los hijos de la primera generación de hermanos ahora sirviendo. Cuando yo llegué había una señora, doña Chuy, que traía a sus cinco nietos caminando desde el otro lado del arroyo.
Dos de esos nietos son hoy maestros de escuela dominical aquí mismo. Uno de ellos me dijo el año pasado que se acuerda del olor del templo mojado después de la inundación, cuando tenía nueve años, y que ahí decidió que iba a servir a Dios. Yo pensaba que ese había sido nuestro peor momento.
Él decidió servir a Dios en lo que yo creía nuestro peor momento: el templo mojado después de la inundación.
El pastorado puede ser muy demandante: ¿Cómo maneja los momentos de desánimo o el desgaste emocional en el ministerio?
En la comunidad rural el desánimo tiene una forma particular: es la lentitud. Uno trabaja diez años y ve tres familias nuevas. En la ciudad eso sería un fracaso.
Lo que me sostiene es acordarme de que yo tardé nueve años en decirle que sí a Dios. Si Él tuvo esa paciencia conmigo, quién soy yo para tener prisa con esta gente.
¿Qué consejo fundamental le daría a un líder joven o a un hermano que está empezando a sentir el llamado a servir?
Que no despreciéis el ministerio pequeño. Hoy los muchachos quieren empezar en una congregación grande y de ahí crecer. Se están perdiendo la mejor escuela.
En una congregación de cuarenta personas usted conoce el nombre de cada uno, sabe quién está enfermo y quién no vino y por qué. Eso forma un pastor. Lo demás forma un administrador.
En una congregación de cuarenta personas usted conoce a cada uno. Eso forma un pastor; lo demás forma un administrador.
Visión y trabajo apostólico
En el contexto de los tiempos actuales, ¿cómo mantiene vivo el fervor apostólico y la manifestación del Espíritu Santo en su iglesia?
Con la oración de madrugada, que aquí nunca se ha dejado. Los martes y viernes a las cinco de la mañana, y en invierno hace un frío tremendo porque el templo no tiene calefacción.
Vienen entre doce y veinte personas. Esa gente es el motor de la congregación y todo lo demás que pasa aquí sale de ahí.
¿Qué estrategias de evangelismo y discipulado han sido las más efectivas para impactar a su comunidad local?
La ayuda concreta. Aquí la gente trabaja la tierra y hay temporadas malas. Cuando la congregación ayuda a una familia con el mandado o con la medicina, el evangelio se explica solo.
Y algo muy sencillo: los funerales. En una comunidad chica el pastor que acompaña bien un duelo se gana un lugar que no se gana en veinte campañas. He enterrado a mucha gente en veintisiete años y de ahí han venido familias completas.
¿Cuál es la visión que Dios le ha dado para el crecimiento de su congregación en los próximos años?
Terminar el salón de usos múltiples que empezamos hace cuatro años, para tener dónde dar clases a los niños en la semana. Vamos a la mitad y con lo que se junta.
Y dejar preparado a un pastor joven. Tengo sesenta y un años. La visión que Dios me ha dado para los próximos años no es de expansión, es de sucesión ordenada. Que esta congregación no dependa de que yo siga vivo.
Vida personal y familia
El ministerio suele ser un trabajo en equipo: ¿De qué manera el apoyo de su esposa y su familia ha sido clave para sostener su trayectoria?
Mi esposa Delfina se opuso a mi conversión los primeros dos años. Pensaba que me habían metido en una secta. Después ella entregó su vida a Cristo y hoy dirige el trabajo con las damas.
Cuando la inundación, ella fue la que organizó la cocina para las dieciocho familias que se quedaron sin casa. Dieron de comer setenta y cuatro días seguidos. Yo daba entrevistas y hacía trámites; ella daba de comer.
Yo daba entrevistas y hacía trámites; ella daba de comer, setenta y cuatro días seguidos.
¿Cómo cultiva su propia relación con Dios en la intimidad, más allá de la preparación técnica de sermones o sus responsabilidades administrativas?
Yo no sé leer muy rápido, entonces leo poquito y lo mismo muchas veces. Un salmo puede durarme una semana.
Y hablo con Dios en el camino. Aquí uno camina mucho, a visitar, a la tienda, al panteón. Ese tiempo es mío y de Él. No es un método que enseñaría en un instituto, pero es el que tengo desde hace veintisiete años.
Entrevistó: Redacción IAFCJ
