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Entrevista··10 min de lectura

Pastorear una ciudad que no se detiene

A sus cuarenta y un años, el pastor Josué Medrano pertenece a una generación que entró al ministerio con teléfono en la mano. Habla de la migración jornalera, de los jóvenes que se van y del riesgo de confundir alcance con profundidad.

Entrevistado
Pbro. Josué Medrano Sandoval
Congregación
Congregación Guasave Centro
Ciudad
Guasave, Sinaloa
En el ministerio
12 años

El llamado y los inicios

¿Cómo fue su encuentro personal con Dios y en qué momento tuvo la certeza de que Él lo llamaba al ministerio pastoral?

Yo crecí en la iglesia, hijo de pastores, y eso tiene su propia dificultad: uno conoce el vocabulario mucho antes de conocer a Dios. A los diecisiete me fui a estudiar a Culiacán y dejé de congregarme casi dos años.

El encuentro real fue en una sala de espera del hospital, cuando operaron a mi papá de urgencia. Ahí, sin nadie viéndome, oré por primera vez con mis propias palabras y no con las que había oído toda mi vida. El llamado vino después, a los veintiocho, cuando entendí que lo que más me dolía del mundo era ver gente sin dirección.

Uno conoce el vocabulario mucho antes de conocer a Dios. Ese es el riesgo de crecer en la iglesia.

Pensando en sus primeros años en la obra, ¿cuál fue el mayor desafío que enfrentó al asumir su pastorado y cómo vio la mano de Dios allí?

Que la mitad de mi congregación es población jornalera que se mueve con las cosechas. Llegan en octubre y se van en junio. Uno empieza un proceso de discipulado y a la mitad se le va la persona a otro estado.

Dios me corrigió el enfoque. Yo estaba tratando de retener gente y Él me mostró que mi trabajo era prepararlos para el camino, no para quedarse. Ahora armamos el discipulado en ocho semanas, no en un año. Y he sabido de tres hermanos que abrieron células en los campos de Sonora con lo que aprendieron aquí.

Yo trataba de retener gente. Dios me mostró que mi trabajo era prepararlos para el camino, no para quedarse.

¿Quiénes fueron sus principales mentores o las personas que más marcaron su formación dentro de la IAFCJ?

Mis papás, obviamente, aunque a ellos les costó pasar de ser mis padres a ser mis colegas en el ministerio.

Y el pastor Efraín Villaseñor, de Culiacán. Cuando yo empecé lo buscaba cada mes con una lista de preguntas. Él nunca me contestó ninguna directamente: me devolvía otra pregunta. Al principio me desesperaba. Hoy hago lo mismo con los muchachos que me buscan.

Vida ministerial y liderazgo

¿Cuál ha sido la experiencia más gratificante que ha vivido liderando una congregación?

Una familia completa que llegó buscando ayuda con un problema de adicción del hijo mayor. Estuvimos año y medio acompañándolos, con recaídas, con noches feas, con momentos en que yo ya no sabía qué decirles.

El muchacho hoy tiene tres años limpio y dirige el grupo de jóvenes. Pero lo que más me marcó no fue eso: fue el papá, un hombre de sesenta años que nunca había hablado en público, dando su testimonio frente a la congregación con la voz quebrada.

Lo que más me marcó no fue la recuperación del muchacho, sino ver a su papá dar testimonio con la voz quebrada.

El pastorado puede ser muy demandante: ¿Cómo maneja los momentos de desánimo o el desgaste emocional en el ministerio?

Todavía no lo manejo bien, para ser honesto. Soy de los que se lleva los problemas a la casa y mi esposa me lo señala seguido.

Lo que sí me ha funcionado es tener un día completo fuera del alcance del teléfono. Los lunes no contesto. Al principio sentía culpa; después entendí que un pastor disponible veinticuatro horas no está siendo más espiritual, está enseñándole a su congregación a no depender de Dios sino de él.

¿Qué consejo fundamental le daría a un líder joven o a un hermano que está empezando a sentir el llamado a servir?

Que se prepare académicamente sin avergonzarse de ello, y que no se le olvide para qué se está preparando.

Y algo que a mí me hubiera servido oír a los veintiocho: el ministerio se sostiene en la relación con Cristo, no en el entusiasmo del principio. El entusiasmo se acaba como a los tres años. Lo que queda después es la disciplina de buscarlo todos los días, y eso hay que construirlo desde ahora.

El entusiasmo se acaba como a los tres años. Lo que queda es la disciplina de buscarlo todos los días.

Visión y trabajo apostólico

En el contexto de los tiempos actuales, ¿cómo mantiene vivo el fervor apostólico y la manifestación del Espíritu Santo en su iglesia?

Cuidando que la búsqueda no dependa del ambiente. Es fácil confundir emoción con presencia de Dios cuando hay buena música y luz baja.

Nosotros hacemos vigilias sin música una vez al mes. Solo la congregación y el silencio. Cuesta trabajo, la gente se incomoda al principio, pero es donde he visto las cosas más profundas.

¿Qué estrategias de evangelismo y discipulado han sido las más efectivas para impactar a su comunidad local?

El trabajo en los campos agrícolas, directamente donde vive la gente. Llevamos consulta médica gratuita una vez al mes con dos hermanos que son enfermeros. No predicamos ahí; solamente atendemos. La gente pregunta sola.

Y en discipulado, el material en audio. Muchos de nuestros hermanos no leen con facilidad o trabajan doce horas. Un audio de veinte minutos que puedan oír en el camión les llega mejor que un cuadernillo.

¿Cuál es la visión que Dios le ha dado para el crecimiento de su congregación en los próximos años?

Consolidar antes que crecer. Tenemos ciento ochenta personas y capacidad para atender bien a unas ciento veinte. Eso es una deuda, no un logro.

La meta de los próximos tres años es formar doce líderes de grupo que puedan pastorear de verdad, no solo dirigir una reunión. Después de eso hablamos de abrir otra congregación.

Vida personal y familia

El ministerio suele ser un trabajo en equipo: ¿De qué manera el apoyo de su esposa y su familia ha sido clave para sostener su trayectoria?

Mi esposa Ivette es maestra de primaria y su sueldo sostuvo la casa los primeros seis años del ministerio. Eso hay que decirlo, porque a veces contamos las historias como si el pastor hubiera vivido de milagros.

Tenemos dos hijas, de nueve y seis. La regla en la casa es que la iglesia no entra a la mesa de la cena. Ese acuerdo lo puso ella y ha salvado muchas noches.

A veces contamos las historias como si el pastor hubiera vivido de milagros. Su sueldo sostuvo la casa seis años.

¿Cómo cultiva su propia relación con Dios en la intimidad, más allá de la preparación técnica de sermones o sus responsabilidades administrativas?

Camino. Salgo a caminar cuarenta minutos en la mañana y voy orando, sin lista y sin estructura.

También llevo un cuaderno donde escribo lo que no puedo decir en el púlpito: dudas, enojos, cosas que no entiendo de Dios. Nadie lo va a leer. Pero si no tuviera ese cuaderno, todo eso se me saldría en un sermón, y el púlpito no es el lugar para eso.

Entrevistó: Redacción IAFCJ

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