Los himnos que aprendí de niño todavía me sostienen
El pastor Noé Camacho entró al templo por primera vez cargando el acordeón de su padre. Veintidós años después dirige una congregación donde tres generaciones de la misma familia sirven juntas, y habla de la fe que se transmite viéndola de cerca.
- Entrevistado
- Pbro. Noé Camacho Beltrán
- Congregación
- Congregación El Barrio
- Ciudad
- Culiacán, Sinaloa
- En el ministerio
- 22 años
El llamado y los inicios
¿Cómo fue su encuentro personal con Dios y en qué momento tuvo la certeza de que Él lo llamaba al ministerio pastoral?
Mi papá tocaba el acordeón en la congregación y yo lo acompañaba desde los siete años, primero nada más cargando el estuche. A los once ya tocaba la segunda voz.
Le voy a ser honesto: crecí adentro y por mucho tiempo confundí saberme los himnos con conocer a Dios. Mi encuentro personal fue a los diecinueve, en una vigilia de Semana Santa. Estaba tocando, como siempre, y a media alabanza tuve que dejar el instrumento porque no podía seguir. Ese día entendí la diferencia entre servir en la música y encontrarme con Aquel de quien hablaban las canciones.
Por mucho tiempo confundí saberme los himnos con conocer a Dios.
Pensando en sus primeros años en la obra, ¿cuál fue el mayor desafío que enfrentó al asumir su pastorado y cómo vio la mano de Dios allí?
Que yo era músico y no sabía enseñar. Podía dirigir una alabanza de hora y media, pero pararme a exponer la Palabra treinta minutos me aterraba.
Los primeros dos años preparaba cada sermón en ocho o nueve horas y aun así salía temblando. Dios usó a una hermana mayor, doña Petra, que después de cada culto me decía una sola cosa que le había servido. Nunca me corrigió; nada más me señalaba lo que sí había funcionado. Sin darse cuenta me fue enseñando a predicar.
Nunca me corrigió: nada más me señalaba lo que sí había funcionado. Así me enseñó a predicar.
¿Quiénes fueron sus principales mentores o las personas que más marcaron su formación dentro de la IAFCJ?
Mi papá, don Rutilio Camacho, que tocó en la congregación cuarenta y un años sin faltar un domingo. Nunca fue ministro y nunca quiso serlo.
Y el pastor Efraín Villaseñor, que me dio la oportunidad de dirigir la alabanza cuando yo tenía dieciséis años y no la merecía. Él arriesgó el culto de un domingo en un muchacho. Eso me marcó más que cualquier consejo que me haya dado después.
Vida ministerial y liderazgo
¿Cuál ha sido la experiencia más gratificante que ha vivido liderando una congregación?
Hace dos años, en el aniversario de la congregación, subieron a tocar juntos mi papá, que ya tiene setenta y ocho, y mi hijo mayor, que tiene dieciséis. El mismo himno, el mismo acordeón.
Yo estaba sentado abajo, viéndolos. Y ahí estaba doña Petra, la hermana que me enseñó a predicar sin saberlo, aplaudiendo desde la tercera banca. Cuarenta años de historia de una congregación cabían en esos cuatro minutos.
Subieron a tocar juntos mi papá, de setenta y ocho, y mi hijo, de dieciséis. El mismo himno, el mismo acordeón.
El pastorado puede ser muy demandante: ¿Cómo maneja los momentos de desánimo o el desgaste emocional en el ministerio?
Vuelvo a la música, pero a tocar solo, sin congregación enfrente. Me siento con la guitarra en la cochera y toco los himnos viejos, los que aprendí de niño.
También aprendí a repartir la carga. Antes yo quería estar en todo y llegaba al domingo agotado. Hoy tengo cuatro hermanos que dirigen áreas completas sin consultarme cada detalle. Un pastor cansado predica cansancio, aunque no lo diga.
¿Qué consejo fundamental le daría a un líder joven o a un hermano que está empezando a sentir el llamado a servir?
Que sirva donde nadie lo vea antes de servir donde todos lo vean. Yo cargué el estuche del acordeón cuatro años antes de tocar una nota en público.
Y que se enamore de la congregación, no del ministerio. El ministerio es una tarea; la congregación son personas con nombre. El que ama la tarea se cansa. El que ama a las personas se queda.
Que se enamore de la congregación, no del ministerio. El que ama la tarea se cansa; el que ama a las personas se queda.
Visión y trabajo apostólico
En el contexto de los tiempos actuales, ¿cómo mantiene vivo el fervor apostólico y la manifestación del Espíritu Santo en su iglesia?
Enseñando a los jóvenes de dónde viene lo que cantamos. Muchos himnos nuestros los escribieron hermanos que pasaron necesidad de verdad, y cuando uno cuenta esa historia el himno deja de ser una canción vieja.
Y dando espacio. En nuestra congregación la búsqueda no se agenda: si el Espíritu quiere hacer algo un miércoles cualquiera, tiene que caber.
¿Qué estrategias de evangelismo y discipulado han sido las más efectivas para impactar a su comunidad local?
La escuela de música. Damos clases gratuitas de guitarra, teclado y batería a muchachos del barrio, sean de la iglesia o no. Han pasado más de doscientos en doce años.
No es un anzuelo: enseñamos música de verdad y el que no quiere quedarse a los cultos no se queda. Aun así, de ahí han salido familias completas. La comunidad entiende que la iglesia está dando algo sin cobrar.
¿Cuál es la visión que Dios le ha dado para el crecimiento de su congregación en los próximos años?
Formar músicos que además sepan la doctrina. Hoy hay mucho muchacho que toca muy bien y no puede explicar lo que cree.
La meta a cinco años es tener un grupo de veinte jóvenes formados en las dos cosas, y mandar a la mitad a apoyar congregaciones chicas del distrito que no tienen quien dirija la alabanza.
Vida personal y familia
El ministerio suele ser un trabajo en equipo: ¿De qué manera el apoyo de su esposa y su familia ha sido clave para sostener su trayectoria?
Mi esposa Noemí lleva el trabajo con los niños desde hace dieciocho años. Yo atiendo a los que ya llegaron; ella atiende a los que apenas están llegando a la fe.
Y ella puso una regla que al principio me molestó: los domingos comemos en familia, sin visitas y sin asuntos de la congregación. Llevamos dieciocho años cumpliéndola y mis hijos crecieron sabiendo que también eran míos, no nada más de la iglesia.
Mis hijos crecieron sabiendo que también eran míos, no nada más de la iglesia.
¿Cómo cultiva su propia relación con Dios en la intimidad, más allá de la preparación técnica de sermones o sus responsabilidades administrativas?
Canto. Suena obvio viniendo de un músico, pero me refiero a cantar solo, sin instrumento y sin nadie oyendo, mientras manejo o mientras riego las plantas.
Y leo los Salmos en voz alta. Descubrí hace años que si los leo en silencio se me van los ojos y la cabeza se me va a los pendientes. En voz alta no puedo fingir que estoy poniendo atención.
Entrevistó: Redacción IAFCJ
