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Entrevista··12 min de lectura

El llamado no se grita, se confirma

Treinta y cuatro años después de aquella noche en una casa de adobe en la colonia Popular, el pastor Efraín Villaseñor sigue predicando en el mismo barrio. Habla de la paciencia como método y de la constancia como milagro.

Entrevistado
Pbro. Efraín Villaseñor Ochoa
Congregación
Templo Central
Ciudad
Culiacán, Sinaloa
En el ministerio
34 años

El llamado y los inicios

¿Cómo fue su encuentro personal con Dios y en qué momento tuvo la certeza de que Él lo llamaba al ministerio pastoral?

Yo tenía diecinueve años y trabajaba de ayudante en una carpintería. Mi mamá se había convertido dos años antes y yo iba a la iglesia por acompañarla, sin más. Una noche de septiembre, en una campaña en la colonia Popular, el predicador dijo una frase que no venía al caso con su tema: "Hay alguien aquí que ha estado huyendo de una conversación con Dios". Y yo supe que era yo.

Pero el llamado al ministerio no llegó esa noche. Llegó despacio, en los cuatro años siguientes, mientras enseñaba a los niños los domingos. El llamado no se grita, hermano, se confirma. Se confirma cuando la iglesia ve en ti algo que tú todavía no ves.

El llamado no se grita, se confirma. Se confirma cuando la iglesia ve en ti algo que tú todavía no ves.

Pensando en sus primeros años en la obra, ¿cuál fue el mayor desafío que enfrentó al asumir su pastorado y cómo vio la mano de Dios allí?

Recibí una congregación de veintitrés personas que acababa de pasar por una división muy dolorosa. Los hermanos no se hablaban entre ellos. Yo tenía veintiséis años y ni idea de cómo se sana algo así.

Lo único que se me ocurrió fue visitar casa por casa, sin agenda, sin sermón preparado. Nada más a tomar café y escuchar. Me tardé catorce meses en dar la vuelta completa al padrón. Al final de ese tiempo, dos familias que llevaban tres años sin dirigirse la palabra se saludaron en la puerta del templo. Yo no prediqué sobre el perdón ni una sola vez ese año. Solamente escuché.

Me tardé catorce meses en visitar a todos. No prediqué sobre el perdón ni una vez ese año: solamente escuché.

¿Quiénes fueron sus principales mentores o las personas que más marcaron su formación dentro de la IAFCJ?

El pastor Jacinto Ureña, que me recibió en su casa cuando yo no tenía dónde quedarme durante mi año de prueba. De él aprendí que la mesa del pastor siempre tiene que tener un lugar de más.

Y mi suegro, don Melquiades Parra, que era anciano de la congregación y nunca predicó desde el púlpito. Él me enseñó a llegar temprano y a barrer el templo antes de que llegara la gente. Decía que quien no sabe barrer no sabe pastorear.

Vida ministerial y liderazgo

¿Cuál ha sido la experiencia más gratificante que ha vivido liderando una congregación?

Hace seis años bauticé a un muchacho que había estado en la cárcel siete años. Su mamá venía a la iglesia todo ese tiempo pidiendo por él, cada miércoles, sin faltar uno.

El día del bautismo ella no pudo entrar al agua porque ya andaba mal de las piernas. Se quedó en la orilla del río, sentada en una silla de plástico que le llevamos. Cuando el muchacho salió del agua caminó hasta donde estaba ella y se hincó. Eso vale por todos los años de ministerio juntos.

Cuando el muchacho salió del agua caminó hasta donde estaba su madre y se hincó. Eso vale por todos los años de ministerio.

El pastorado puede ser muy demandante: ¿Cómo maneja los momentos de desánimo o el desgaste emocional en el ministerio?

Con el trabajo manual. Sigo teniendo mi taller de carpintería y sigo trabajando la madera dos o tres veces por semana. Hay algo en lijar una tabla durante una hora que le devuelve a uno la proporción de las cosas.

Y hablando con otros pastores. Durante muchos años cargué solo, porque pensaba que confesar cansancio era confesar falta de fe. Estaba equivocado. Hoy tengo tres compañeros del distrito con los que hablo cada semana, y con ellos digo las cosas como son.

¿Qué consejo fundamental le daría a un líder joven o a un hermano que está empezando a sentir el llamado a servir?

Que no confunda el llamado con las ganas de estar al frente. Son dos cosas distintas y se parecen mucho a los veinte años.

Y que aprenda un oficio. No lo digo por el dinero, aunque también. Lo digo porque un pastor que sabe hacer algo con las manos entiende de otra manera a la gente que trabaja con las manos, que es la mayoría de nuestra congregación.

Que no confunda el llamado con las ganas de estar al frente. Son dos cosas distintas y se parecen mucho a los veinte años.

Visión y trabajo apostólico

En el contexto de los tiempos actuales, ¿cómo mantiene vivo el fervor apostólico y la manifestación del Espíritu Santo en su iglesia?

Cuidando que no se nos vuelva costumbre. El fervor se pierde cuando el culto se vuelve un trámite que empieza a las siete y termina a las nueve.

Nosotros dejamos espacios sin programar a propósito. No todo el servicio tiene que estar en la hoja. Si el Espíritu quiere hacer algo, tiene que caber en el horario.

¿Qué estrategias de evangelismo y discipulado han sido las más efectivas para impactar a su comunidad local?

La visita sigue siendo la más efectiva, y es la más antigua. En treinta y cuatro años no he visto ninguna campaña que traiga a tanta gente como un hermano que se toma la molestia de ir a tocar una puerta.

Lo segundo es la enseñanza en grupos chicos entre semana. En el culto general uno predica; en el grupo chico uno se da cuenta de lo que la gente realmente entendió, que muchas veces no es lo mismo.

¿Cuál es la visión que Dios le ha dado para el crecimiento de su congregación en los próximos años?

Abrir dos misiones en el sur de la ciudad, hacia donde está creciendo la mancha urbana. Hay colonias nuevas de tres y cuatro mil familias sin una sola congregación cerca.

Pero mi visión principal ya no es de números. Es dejar la congregación en manos de gente más joven y bien formada. Un pastor que no está preparando a su relevo está trabajando para que la obra se acabe con él.

Vida personal y familia

El ministerio suele ser un trabajo en equipo: ¿De qué manera el apoyo de su esposa y su familia ha sido clave para sostener su trayectoria?

Mi esposa Rosalba lleva veintinueve años haciendo un trabajo que nadie ve. Ella es la que sabe qué familia no tiene para el mandado esta semana, y lo resuelve sin decirme.

Hubo un año, el noventa y ocho, en que yo estuve a punto de dejar el ministerio. Ella no me dijo que siguiera. Me dijo: "Descansa tres meses y luego decidimos". Esos tres meses me devolvieron veinte años de ministerio.

No me dijo que siguiera. Me dijo: "Descansa tres meses y luego decidimos". Esos tres meses me devolvieron veinte años.

¿Cómo cultiva su propia relación con Dios en la intimidad, más allá de la preparación técnica de sermones o sus responsabilidades administrativas?

Leo la Biblia sin lápiz. Ese es mi método y me costó muchos años entenderlo. Si tengo el lápiz en la mano ya estoy buscando material para el domingo, y entonces no estoy leyendo para mí.

De cinco a seis de la mañana leo sin apuntar nada. Lo que sea para la congregación ya vendrá después, en otro momento del día.

Entrevistó: Redacción IAFCJ

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